Cuando la noticia tiene víctimas
La primera obligación del periodismo es no hacer más daño
por Manuela Calvo


Ilda Goyochea
Las investigaciones judiciales abiertas requieren prudencia, verificación y sensibilidad. Cuando la velocidad reemplaza al rigor y las versiones se presentan como certezas, no sólo se desinforma, también se profundiza el sufrimiento de quienes atraviesan una tragedia y se deteriora la confianza pública en la búsqueda de la verdad.
Mientras la Justicia intenta reconstruir qué ocurrió con Ilda Goyochea, paralelamente, a partir de publicaciones, se construye un relato que circula a una velocidad superior a la de cualquier investigación judicial. Gran parte de la sociedad leyó que Ilda había fallecido como consecuencia de un grave accidente. Era falso.
El director del Hospital Enrique Vera Barros debió desmentir públicamente esa información y aclarar que la paciente continuaba internada en terapia intensiva, con vida, aunque en estado crítico. Horas más tarde, luego del diagnóstico de muerte cerebral y de la decisión de su familia de donar sus órganos, se confirmó oficialmente su fallecimiento. Ese episodio debería interpelarnos más allá de este caso.
Porque detrás de la velocidad por publicar quedó una familia atravesando una situación extrema, obligada a ver cómo los medios anunciaban la muerte de un ser querido antes de que esa muerte hubiera sido oficialmente confirmada, y junto con esa información comenzó a instalarse una explicación sobre lo ocurrido cuando la propia investigación judicial todavía buscaba reconstruir los hechos.
El deber de informar no es el deber de especular
Toda persona sometida a una investigación penal tiene derecho a defenderse públicamente. Toda querella tiene derecho a expresar su posición. Toda fiscalía puede comunicar el estado de una investigación dentro de los límites que la ley establece. Cada una de esas intervenciones responde, naturalmente, a intereses procesales diferentes. El periodismo, en cambio, ocupa otro lugar. Su función no es representar a ninguna de las partes.
Informar implica ayudar a la sociedad a comprender problemáticas, qué está probado, qué constituye una hipótesis y qué todavía permanece bajo investigación. Cuando esa diferencia desaparece, la información pierde una de sus cualidades más importantes, permitir que la ciudadanía forme una opinión basada en hechos.
La opinión pública también construye sentencias
Las investigaciones en comunicación y psicología social muestran que, cuando las personas cuentan con información incompleta, suelen recurrir a atajos mentales para interpretar la realidad. No evalúan solamente las pruebas, también observan quién habla, cómo habla, cuál ha sido su actuación pública anterior y qué emociones despierta. Es un mecanismo humano. Pero también es una advertencia para quienes intervienen en causas de alta exposición mediática.
Porque cuando una investigación comienza a librarse en el terreno de las narrativas, la discusión puede desplazarse de las evidencias hacia las percepciones. Y en ese escenario ocurre un fenómeno paradójico. Las estrategias comunicacionales pensadas para fortalecer una posición pública pueden terminar generando el efecto contrario. Cuando la sociedad percibe exageraciones, afirmaciones prematuras o información que luego resulta incorrecta, la confianza no sólo se deteriora respecto de quien emitió el mensaje, también puede extenderse a las personas cuya posición intentaba defender. En otras palabras, comunicar sin prudencia puede perjudicar incluso a quienes se busca beneficiar.
La sensibilidad también es una obligación democrática
Existe otro aspecto del que se habla poco y es el que particularmente más me interesa. Antes de que cualquier hecho se convirtiera en una causa judicial, hay personas, problemáticas sociales y dolor. En este caso una familia enfrentaba decisiones irreversibles mientras veía circular información errónea sobre el estado de salud de su ser querido.
En investigaciones donde existe una víctima fatal, la comunicación pública nunca es neutral. Cada palabra puede aliviar o profundizar el sufrimiento. Cada publicación puede contribuir a la comprensión social de los hechos o agregar confusión. Cada versión presentada como certeza puede dificultar lo que la sociedad espera del resultado de una investigación que todavía no concluyó. Informar con sensibilidad no significa ocultar información. Significa comprender que detrás de cada expediente hay personas cuya dignidad merece el mismo cuidado que cualquier otra garantía del proceso.
La responsabilidad es compartida
Las estrategias comunicacionales forman parte del funcionamiento de muchas causas judiciales. Las defensas defienden, las querellas acusan, las fiscalías investigan. Pero el rol del periodismo es la verificación.
No sabemos todavía qué determinará la Justicia sobre este caso, y precisamente por eso la prudencia resulta indispensable. Esperar el avance de una investigación no implica renunciar al derecho a estar informados, implica reconocer que existen tiempos que protegen algo mucho más valioso que la inmediatez, la posibilidad de llegar a la verdad.
En una época donde la economía de la atención parece haber reemplazado a la reflexión, quizás uno de los mayores actos de responsabilidad sea aceptar una frase que el buen periodismo nunca debería temer pronunciar: todavía no lo sabemos. Porque entre el derecho de la sociedad a conocer la verdad y la necesidad de respetar el dolor de quienes atraviesan una tragedia no debería existir ninguna contradicción. Ambos forman parte de una misma responsabilidad democrática.