Disputar el poder sin destruir a la otra
Mujeres de La Rioja se disputan la gobernación exponiendo otra forma de hacer política.
por Manuela Calvo


Teresita Madera, Ricardo Quintela, Gabriela Pedralli, Beba Soria y Florencia López
Teresita Madera, Gabriela Pedrali y Florencia López aspiran a gobernar La Rioja. El sábado 7 de noviembre estuvieron en el mismo salón, en el Comedor Estudiantil, en una cumbre que reunió a mujeres de todos los departamentos de la provincia. Hilda “Beba” Aguirre de Soria las nombró a las tres y se detuvo en esa imagen: «Esa es la imagen que queremos ver siempre, una al lado de la otra».
La escena importa porque ninguna tuvo que renunciar a su aspiración para estar ahí. Las tres pueden disputar una candidatura, pero no por eso van a caer en el cliché de la enemistad que suelen reproducir sus pares masculinos. Una de las cuestiones centrales que este evento puso en discusión fue por qué esa disputa debería obligarlas a destruirse entre ellas.
“Cuando dos muchachos o dos hombres disputan, es política. Ahora, cuando disputamos las mujeres, es una pelea de mujeres”, dijo la actual vicegobernadora Teresita Madera. No es un detalle del lenguaje. Si a unos se les reconoce una disputa por la conducción y a las otras se las presenta como protagonistas de una pelea personal, dejan de discutirse sus propuestas, su experiencia y sus posibilidades de gobernar. Lo que queda en primer plano es el conflicto entre ellas, como si el problema fuera que hay tres mujeres que quieren el mismo lugar y no que durante tanto tiempo se les haya reservado el segundo.
Madera puso la discusión en términos concretos de poder, la lapicera, la caja y la agenda. Quién decide las candidaturas, quién distribuye los recursos y quién define qué problemas merecen atención. Una mujer puede integrar una lista o conducir un área y seguir afuera de las reuniones donde se resuelve el presupuesto. También puede quedar a cargo de los cuidados sin poder decidir cuánto dinero se destina a sostenerlos. Por eso interpela directamente la necesidad imperante de que las mujeres ejerzan el poder y el rol de la toma de decisiones en todos los espacios. Por su lado, Beba abre la puerta a la cuestión de cómo las mujeres ejercen el poder: “Está bien aspirar a esos cargos, pero ¿qué hacemos cuando llegamos a esos cargos?”.
Ahí empieza la discusión sobre qué significa feminizar la política. Que una mujer llegue a un lugar de poder importa. Pero si para llegar tuvo que atravesar una estructura que le exigió más que a sus compañeros, la pregunta es qué puede hacer desde ese lugar para que las que vienen detrás no tengan que pagar el mismo costo.
Impulsar a otras mujeres es respaldarlas cuando disputan poder, convocarlas a donde se toman las decisiones y garantizar que puedan participar en igualdad de condiciones. A su vez es combatir las desigualdades que deciden quién tiene tiempo, recursos y respaldo para poder participar. Por eso la disputa de poder no se limita a llegar, sino a transformar la mirada de cómo se comparte el poder para que se expanda.
Por eso el énfasis de Beba Aguirre sobre la imagen de las tres, una al lado de la otra interpela la forma de ejercer el poder y disputa sentidos.

Cumbre Política de Mujeres
Cuando Rita Segato habla de una “política en clave femenina”. La idea no es que las mujeres seamos naturalmente buenas ni que los varones sean violentos por naturaleza. Sino que distingue dos maneras de construir poder, una que necesita demostrar que puede imponerse sobre los demás y otra que se construye en la relación con los demás. A esta última podemos llamarla "poder vincular".
En la primera, el otro aparece como alguien a quien hay que doblegar, desplazar o poner en su lugar para demostrar quién manda. Eso se relaciona con lo que Segato llama mandato de masculinidad, la exigencia de acreditar poder ante otros, incluso mediante la violencia. En la segunda, la otra persona sigue siendo alguien con quien hay que construir, aún cuando haya desacuerdo. El vínculo no exige ceder ni evitar el conflicto. Lo que cambia es que no necesito quitarte la voz para que la mía tenga peso. Segato sitúa esa diferencia en una tensión más amplia entre el “proyecto histórico de las cosas” y el “proyecto histórico de los vínculos”: qué ponemos al servicio de qué, si las relaciones quedan subordinadas a la acumulación o si usamos los recursos para sostener la vida en común.
Durante mucho tiempo, las mujeres sostuvimos redes de cuidado, de organización barrial y de militancia que hicieron posible la vida colectiva, aunque ese trabajo rara vez fuera reconocido como una forma de poder. Llegar al poder así interpela cómo se deciden las candidaturas, cómo se reparten los recursos y qué hacer cuando una compañera denuncia violencia de los propios.
Eso es lo que me interesa de ver a Madera, Pedrali y López una al lado de la otra. Las tres pueden querer gobernar La Rioja. El poder vincular no les pide que dejen de disputar ese lugar, sino que les permite reconocer que la aspiración de la otra es tan legítima como la propia. Y, sobre todo, entender que el poder que se construye así tiene otra lógica en su ejercicio.
El costo de tomar la palabra
“Llegar a un cargo no te pone a salvo” dijo a Gabriela Pedralli en su intervención. La diputada nacional habló de una violencia que puede ejercerse sin un insulto público que la hace visible, “esa violencia que habla en voz bajita” advirtió.
Explicó cómo la violencia política consigue que una mujer empiece a confundir el maltrato que recibe con una falta de capacidad propia. No hace falta que nadie le diga que se vaya. “Dejar de convocarte a una reunión, ignorarte cuando llegás, hacerte sentir que ese lugar no te corresponde” son formas de exclusión señaló. Es muy fácil señalar la violencia en el adversario” sentenció exponiendo que lo difícil es cuando viene de los propios y ponerle límites puede costar un lugar en la mesa.
La diputada puso en palabras el cálculo que aparece cuando una compañera denuncia “¿Dónde quedo acompañándote?”. La que sufrió la violencia tiene que medir cuánto puede perder si habla, mientras quienes podrían respaldarla calculan cuánto pueden perder si se ponen de su lado. Así, el silencio deja de parecer una imposición y empieza a presentarse como una condición para seguir participando. El sometimiento pasa a ser una condición, un disciplinamiento.
El miedo entra en nosotras, paraliza la palabra y detiene la acción. Por eso la violencia no se puede reducir a un hecho, hay que mirar qué deja de hacer esa mujer después, qué discusiones evita y qué pierde la sociedad cuando una mujer se restringe por eso.
“Cuando una mujer tiene miedo, cuando una mujer calla, cuando una mujer deja de participar, no pierde ella, perdemos todas” dijo Pedrali con firmeza para explicar el problema democrático de la violencia política. Si para participar hay que aprender a soportar el hostigamiento, quienes pueden permanecer en política son quienes tienen más recursos para resistirlo, quienes cuentan con protección o quienes aceptan callar.
A eso Diana Maffía lo llama “peaje”. Habla de una “aduana cruel” y de un “molinete machista” para explicar cómo se naturaliza la idea de que, si una mujer quiere seguir en carrera, tiene que tolerar la violencia. Pedrali muestra cómo funciona ese peaje desde adentro y propone “No tenemos que aguantar solas” defendiendo la dignidad que supone poder disentir, denunciar y seguir participando sin tener que elegir entre el silencio y la expulsión. Y que quienes ya tienen poder de decisión pueden usarlo para que ese costo no recaiga, una vez más, sobre la que se animó a hablar.
La violencia política contra las mujeres no nació con Javier Milei ni va a desaparecer con un cambio de gobierno. Pero hay una diferencia entre una dirigencia que se propone ponerle límites y un gobierno que convierte el agravio en una forma de ejercer la autoridad.
Cuando desde la Presidencia se celebra la humillación de quien tiene menos poder para responder y, al mismo tiempo, se debilitan las políticas públicas que deberían proteger a quienes sufren violencia, el machismo alfa deja de ser una pose. Tiene consecuencias sobre quién puede hablar, quién puede denunciar y quién puede sostener su participación.
Así se vuelve aceptable una idea supremacista de que quien tiene más poder puede ejercer violencia sin rendir cuentas y que el resto debe acostumbrarse. Esa tolerancia favorece a las autocracias. La democracia también se debilita cuando las personas conservan formalmente el derecho a participar, pero ejercerlo supone exponerse a represalias que las instituciones no están dispuestas a frenar.
Lo que podemos construir aún cuando no pensemos igual
Diana Maffía distinguió el derecho de las mujeres a ocupar la mitad de los lugares de representación de la obligación de defender derechos desde esas bancas, cualquiera sea el género de quien las ocupe. Por su parte, Estela Díaz recordó lo que cambia cuando la vida cotidiana entra en la discusión política, los cuidados, los derechos sexuales y reproductivos dejan de tratarse como asuntos privados. Y Marita Perceval llevó esa discusión al presupuesto, “gobernar es decidir dónde se invierten los recursos, cuáles son nuestras prioridades, si la prioridad es la muerte o la prioridad es la vida”.
Florencia López y Marcela Pagano, que llegaron al Congreso por espacios partidarios opuestos, mostraron otra posibilidad. Compartir un panel no las obligó a borrar sus diferencias. “¿Qué coincidencias tenemos con Marcela? […] La violencia, la violencia” dijo Florencia Lopez. Ambas pudieron reconocerse en experiencias de descrédito y en la necesidad de exigirle explicaciones al poder. “Claro que existen diferencias. Eso es la democracia”, dijo Pagano. Si un acuerdo sólo es posible entre quienes ya piensan igual, poco sirve para una sociedad donde convivimos con personas que no elegirían lo mismo.
“La situación del mundo y fundamentalmente de la Argentina exige que hoy vengan tiempos de mujeres, porque nosotros necesitamos humanizar la política” dijo la senadora Florencia López.
Lo interesante de esta cumbre es que La Rioja puso en práctica otro escenario político posible, aunque fuera durante una jornada, una manera distinta de tramitar una disputa real. Frente a un gobierno nacional que hace de la agresión un recurso político, tres mujeres que quieren gobernar pudieron compartir un espacio sin que la aspiración de una exigiera la desaparición de las otras. Es una experiencia que vale la pena replicar en diversos territorios. Frente a una concentración de poder que se alimenta del aislamiento, del descrédito de la otredad y de la idea de que cada quien debe salvarse por su cuenta, organizarse permite debatir decisiones que en soledad quedan fuera de alcance.
La prueba empieza cuando se levanta la mesa. Cuando haya que definir quién encabeza, a quién se escucha, cómo se distribuyen los recursos y qué hace un partido cuando una compañera denuncia violencia de los propios.
La esperanza que abrió esta cumbre se juega ahí, en que la próxima mujer que quiera participar pueda hacerlo sin que le pidan, como condición de entrada, que aprenda a someterse a la violencia política para que le hagan un lugarcito en la foto.

Cumbre Política de Mujeres