El femicidio como consecuencia de no escuchar a las víctimas
Pamela Luna había advertido públicamente que Maximiliano Ovejero podía matarla
por Manuela Calvo

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Pamela Luna
En 2024 publicó sus fotos lesionada denunciando violencia y pidiendo que escucharan su versión. Casi dos años después murió tras una nueva agresión que los medios redujeron a una violenta “discusión de pareja”. Su caso expone un problema que se repite ante los femicidios; las señales existen, las víctimas piden ser escuchadas, pero la gravedad de lo que expresan suele reconocerse cuando ya es demasiado tarde. En un contexto donde los intentos de femicidio aumentan y en los últimos tres años, el Observatorio de la Secretaría de la Mujer registró en La Rioja 26 situaciones de violencia extrema catalogadas como de riesgo altísimo de femicidio ¿qué peso tiene para la sociedad la palabra de las víctimas?
El 23 de agosto, Pamela Luna Villafañe, de 34 años, terminó en el Hospital Vera Barros con una herida cortante en la nuca después de un episodio ocurrido junto a su pareja, Ariel Maximiliano Ovejero. La primera explicación que llegó a la Policía fue la de él, quien sostuvo que Pamela se había autolesionado con un elemento cortante. La versión ingresó rápidamente en las primeras noticias que presentaban el contexto del femicidio como una “violenta discusión” de pareja y una lesión que no revestiría gravedad. La voz consultada por los medios fue la madre del femicida que amplificaba la versión del agresor, desplazando el contexto de violencia de género por un elemento que terminaría ocupando buena parte de la conversación pública: el consumo de sustancias de ambos.
Sin embargo, la intervención policial actuó por Sumario Judicial, la Unidad de Violencia de Género y tomó conocimiento el Juzgado de Violencia de Género donde la Jueza Flamini quedó a cargo de una investigación penal donde Ovejero fue imputado y trasladado inicialmente a la Alcaidía. Según pudimos averiguar a partir de una fuente oficial con conocimiento directo de la intervención, Pamela señaló durante su atención a Ovejero como la persona que le había provocado el corte.
Pamela fue atendida y recibió el alta, pero regresó al hospital porque su estado se agravó. El 28 de agosto, apenas cinco días después del hecho, en redes sociales ya se pedía una cadena de oración por Pamela Luna porque se encontraba grave. Tras semanas de agonía, el 8 de septiembre por la mañana, Pamela murió. Entre la “discusión de pareja” del 23 de agosto y la investigación de un femicidio pasaron dieciséis días.
Pamela pidió ser escuchada
En noviembre de 2024, otro episodio violento entre Pamela y Ovejero había llegado a los medios. Un rancho del barrio Loma del Gitano terminó incendiado y de las coberturas se reconstruyó el episodio a partir del relato de Claudia Lescano, madre de Ovejero. Según esa versión, él habría encontrado a Pamela con otro hombre, se habría producido una “agresión física mutua” y posteriormente Pamela habría regresado acompañada de su hermano, a quienes se atribuyó el inicio del incendio.
Pamela respondió públicamente publicando fotografías en las que mostraba lesiones, acusando a Lescano de mentir sobre lo sucedido y afirmando que había realizado una denuncia por intento de homicidio. Aquel episodio dejó una huella digital de sus palabras diciendo: “Si yo no me escapaba me mata Maximiliano Ovejero” y pidiendo explícitamente: “Que me den la oportunidad de yo salir en un vivo. Así escuchan las 2 campanas”.
Pamela expresó públicamente que sentía que su versión había sido desplazada y estaba advirtiendo que consideraba que su vida había estado en peligro. Menos de dos años después, otra pelea con el mismo hombre derivó en su muerte.
Las señales previas a un femicidio
Tras un femicidio suele comenzar una reconstrucción retrospectiva, pero con Pamela no es necesario interpretar una señal escondida porque ella misma lo dijo públicamente. Cuando una mujer dice “creo que puede matarme” está proporcionando un dato que debe ser considerado, pero el problema aparece cuando esa percepción es interpretada como exageración o reducido a conflicto de pareja.
El caso de Pamela es el segundo femicidio del año que deja en evidencia la importancia de escuchar a las víctimas antes del desenlace fatal. Estos femicidios están inmersos en un contexto de una escalada de violencia machista alarmante. De acuerdo con los registros del Observatorio de la Secretaría de la Mujer, en los últimos tres años se identificaron en La Rioja 26 situaciones de violencia extrema. La única diferencia entre las víctimas de esas situaciones y las de femicidio, es que esas 26 aún están vivas.
Jéssica Mercado y la necesidad de una protección efectiva
El femicidio de Jéssica Mercado, demuestra que el problema es incluso más complejo. Ella pertenece al bajo porcentaje de víctimas que llega al sistema de protección. Existían medidas destinadas a impedir que su agresor se acercara. El hombre incumplía esas restricciones y había sido condenado por desobediencia a la autoridad en contexto de violencia de género. Aun así, tuvo la libertad de acceder a Jéssica para poder asesinarla delante de sus hijos en su domicilio.
Jéssica deja en evidencia que escuchar a una víctima es el comienzo de la prevención, no su final. Cuando las medidas de protección no consigue impedir que el agresor siga dañando a la víctima es urgente que el riesgo sea neutralizado.
Sobrevivir reduce la percepción de gravedad
Otra minimización peligrosa es medir la gravedad de un ataque según si la víctima murió o sobrevivió. Una mujer puede recibir una violencia potencialmente mortal y, porque logra escapar o porque recibe asistencia médica a tiempo, el hecho empieza a ser narrado como una agresión o lesiones.
El ataque contra Marisol Castro permite verlo con claridad. Sobrevivió después de recibir diez puñaladas, la Justicia condenó a su agresor a 15 años de prisión por tentativa de femicidio y hay quienes expresaron que era injusto porque ella sobrevivió. Los intentos de femicidios son cada vez más frecuentes y la diferencia entre una tentativa y un femicidio consumado puede estar en centímetros, en la profundidad de una herida, en la posibilidad de escapar o de que la medicina logre salvarla.
En el caso de Pamela se redujo su gravedad hasta que la atención médica no consiguió salvarla.
Una “discusión”, una “pelea”, una “macana”
La minimización se construye con palabras. Antes de un femicidio los contextos de violencia extrema vuelven tolerable aquello que debería encender una alarma. Los riesgos fatales se reducen a discusiones de pareja, celos, relaciones tóxicas o cosas que pasan porque "estaban drogados".
En una de las entrevistas realizadas a la madre del femicida después de la agresión a Pamela, el periodista llega a referirse a lo sucedido como una “macana” que se habría mandado su hijo. Ahí el femicidio se presenta como una torpeza o una mala desición con un reduccionismo peligroso que en nuestro país se carga la vida de una mujer a diario.
Pamela había sufrido una herida en el cuello y estaba atravesando un proceso que terminaría con su muerte y en ese marco, las palabras del periodismo reflejaron cómo una sociedad reduce el peligro. Si ante una violencia extrema esta se difunde como una violenta pelea de pareja, la percepción del riesgo disminuye. Si una tentativa de femicidio es una “macana”, el agresor se percibe como alguien que cometió un error. Y si todo se explica mediante “la droga”, se invisibiliza la violencia de género que mata.
¿A Pamela quien la escuchó?
En este caso hay continuidad mediática inquietante. En 2024 Claudia Lescano, la madre del detenido, consiguió instalar públicamente su versión de lo sucedido en Loma del Gitano. Pamela respondió publicando la violencia padecida y pidió que la entrevistaran. En 2026, después de la lesión en la nuca, algunos medios volvieron a acudir a Lescano como única fuente consultada amplificando la versión de Ovejero de que Pamela se habría autolesionado, a pesar de que este estaba detenido imputado como el agresor.
Una vez más, la madre de Ovejero pasó a ser la fuente consultada, tanto cuando Pamela estaba internada, como cuando estuvo de alta, e incluso después de su muerte. No hay registro de que algún espacio que entrevistó a Lescano hubiese entrevistado a Pamela y después de muerta, esa desigualdad se volvió irreversible.
Su agonía fue acompañada con su difamación mediática centrada en sus consumos, su supuesto carácter violento, la forma en que bailaba frente a otros hombres y diferentes comportamientos presentados como contexto de “la pelea”. La asimetría de poder que reviste todo contexto de violencia de género fue tapada por discursos centrados en invertir la victimización, sin que ella pudiera ejercer derecho a réplica.
En 2024 había pedido literalmente que escucharan “las dos campanas” exponiendo el riesgo que atravesaba y ni después de acuchillada alguien escuchó la suya. Y hasta el día de su muerte se abrieron los micrófonos para su difamación.
Los agresores como víctimas
Los consumos problemáticos ocuparon un lugar central en las entrevistas con la madre de Ovejero. Lescano habló de los problemas de consumo de su hijo, de robos, de venta de estupefacientes y de su desesperación por ayudarlo. Son datos que hacen al contexto para comprender su trayectoria y que, además, hablan de otro problema social que necesita respuestas sanitarias. Necesitamos entender que hace a un hombre un femicida, sobre todo para entender el fenómeno de que cada vez convivamos con más femicidas en potencia.
Pero cuando la madre de un presunto femicida habla de la víctima, la función narrativa cambia. La biografía del acusado sirve para comprenderlo, pero la de Pamela, para responsabilizarla. No solo intenta construir la imagen de una relación entre dos personas igualmente problemáticas cuando una termina muerta, sino que el DARVO desplegado por Lescano y amplificado por varios medios de comunicación es alevoso. Primero niega que Ovejero haya provocado el corte en la nuca asegurando Pamela se habría autolesionado. Después atacar a la víctima con todos los estigmas sociales que puede, que consumía, que era violenta, que provocaba celos, que bailaba obscenamente frente a otros hombres, etc. Finalmente, Ovejero es presentado como víctima de las drogas, de la relación y del abandono del Estado.
Pamela ya había denunciado esa inversión antes de morir. El problema del DARVO no es sólo que invierte los lugares de víctima y agresor, sino que cuando los medios lo reproducen sin suficiente contraste, también contribuyen a que dejemos de escuchar a la persona que está intentando advertir que se encuentra en peligro. Si Pamela atravesaba consumos problemáticos, eso podría aumentar su vulnerabilidad y no debería disminuir sus derechos.
“La droga” como responsable de un femicidio
Los consumos problemáticos pueden agravar determinadas situaciones, producir daños enormes y requerir tratamientos específicos, pero no eliminan la agencia. Miles de personas atraviesan consumos problemáticos sin ejercer violencia contra sus parejas, y por eso utilizar “la droga” como explicación total produce un desplazamiento peligroso. El consumo puede explicar vulnerabilidades pero no puede encubrir al agresor como sujeto de la violencia.
Un alta médica tampoco borra la agresión
La atención que Pamela recibió en el sistema sanitario deberá reconstruirse con precisión. El director del Hospital Vera Barros explicó públicamente que había sido atendida, recibió el alta y posteriormente reingresó con desorientación y complicaciones vinculadas al cuadro cervical. Su evolución incluyó complicaciones infecciosas, respiratorias y neurológicas hasta un fallo multiorgánico y posterior paro cardiorrespiratorio. Determinar si el alta fue adecuada requiere historia clínica, protocolos, pericias y conocimiento médico, pero tampoco corresponde utilizar una posible falla sanitaria para hacer desaparecer la agresión que terminó provocando la muerte. Pueden existir responsabilidades diferentes y concurrentes, pero será la investigación la que deberá establecer el nexo causal entre la lesión y la muerte de Pamela y determinar las responsabilidades correspondientes, porque el hospital no produjo la herida que llevó a Pamela a recibir atención.
El femicidio empieza antes que la herida fatal
El problema de reconocer la violencia extrema únicamente después de una muerte es que transforma la categoría femicidio en una explicación retrospectiva y la prevención consiste precisamente en reconocer la posibilidad del femicidio cuando todavía no ocurrió. Por eso las tentativas deben ser tratadas como violencias extremas, los incumplimientos de medidas de protección como señal de riesgo y por eso, escuchar lo que una mujer dice sobre el riesgo que enfrenta importa.
Pamela llegó a hacer pública su situación pidiendo ayuda y alertando de las mentiras dichas en medios para encubrir a su agresor. A su pedido de ser escuchada no se le dió relevancia y ahora está muerta. Jéssica Mercado había conseguido medidas de protección. Su agresor las incumplió, fue condenado por hacerlo y aun así pudo volver a llegar hasta ella para asesinarla. Marisol Castro sobrevivió a diez puñaladas y recién el resultado judicial permite nombrar con toda claridad aquello que había ocurrido, habían intentado matarla. Y mientras reconstruimos esas historias, otras 26 situaciones de violencia extrema suceden y el problema es qué hacemos con esas señales mientras la víctima todavía está viva. Porque si necesitamos que una mujer muera para comprender la gravedad de lo que venía diciendo, no estamos previniendo femicidios, estamos llegando tarde.