Othering en Argentina
La fábrica del enemigos utiles como arma de la batalla cultural
por Manuela Calvo
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En febrero de 2026, el Congreso argentino entró en un tramo de decisiones de alto impacto, el oficialismo empuja una reforma laboral ya con media sanción en el senado, un nuevo régimen penal juvenil con baja de imputabilidad a 13 años, y vuelve a tensionarse la Ley de Glaciares en comisiones y temario de extraordinarias
En paralelo, la justicia procesa a exfuncionarios y empresarios por una causa de red de corrupción en la Agencia Nacional de Discapacidad (ANDIS) con 19 imputados, entre ellos exautoridades y la causa $LIBRA vuelve a exhibir demoras, la Cámara Federal ordenó acelerar medidas e incrementar embargos.
En este marco, el tema que irrumpe como “fenómeno del momento” en pantallas y redes no es ninguno de esos, sino activadores de reacciones contra un grupo marginal de personas que se identifican como Therian. Esto no es solo “una moda rara”. Es un mecanismo político y mediático con nombre que en la academia se conoce como othering.

Othering es el proceso por el cual se construye a un grupo como un “otro” radicalmente distinto, inferior o risible, para reforzar un “nosotros” que se presenta como normal, sano y legítimo. El concepto se trabaja fuertemente en estudios culturales y teoría poscolonial, del cual un punto de referencia clásico es Edward Said con Orientalism, aunque el mecanismo excede ese libro. En términos prácticos, el othering no busca entender un fenómeno, busca ubicarlo abajo en una jerarquía moral. Y cuando se logra que el público “se ría con nosotros”, la exclusión queda naturalizada.
Acá entra la idea de encuadre (framing), no es “qué” se cuenta, sino “cómo” se lo presenta. El enfoque de Erving Goffman sobre marcos de interpretación ayuda a ver cómo ciertos temas se vuelven automáticamente “burla”, “amenaza” o “degeneración” según el marco que se les impone.
El othering suele escalar con otro engranaje: el pánico moral. Stanley Cohen describió el pánico moral como el proceso por el cual un grupo o episodio es definido como amenaza a valores sociales, los medios lo representan de forma estereotipada y exagerada, y la reacción pública pide control, castigo o “orden”.
La fórmula, evidente en batallas culturales, suele seguir estos pasos, primero la selección de un blanco fácil, en general son minorías o subculturas propensas a padecer discursos de odio. Despúes la caricaturización reduciendo al otro a una imagen ridícula. sigue la amplificación orquestada para hacerlo parecer masivo, y se pasa a la transposición para instrumentalizar ese blanco para pegarle a agendas más amplias, progres, wokes, feminismos, políticas de diversidad, educación, defensa de los derechos humanos. La manipulación emocional detras de esta tactica es la promesa de control. Cuando esto se repite, se vuelve lo que Bourdieu conceptualizó como violencia simbólica, una dominación que no necesita golpes ni censura explícita, porque instala como “sentido común” quién merece respeto y quién merece burla o desprecio.
El contexto argentino
En el clima sociopolítico actual, hay tres condiciones que vuelven especialmente rentable este mecanismo. Agenda legislativa dura con costos sociales altos. La reforma laboral, el régimen penal juvenil con baja de imputabilidad y reforma de glaciares son discusiones técnicas, con ganadores y perdedores claros, que demandan cobertura compleja y sostener contradicciones. Mientras los procesamientos en ANDIS y la persistente lentitud en $LIBRA son temas que exigen periodismo de investigación y seguimiento, y que tensionan la credibilidad institucional.
En la economía de la atención lo viral desplaza lo estructural. Un “fenómeno” que mezcla adolescencia, identidades, performance, plazas y redes es perfecto para clips, paneles y memes. La cobertura del therian en Argentina muestra esa tracción masiva. No hace falta una conspiración para que esto opere, basta con incentivos alineados. La batalla cultural provee emoción rápida provista por una logica de mercado que hace rentable la desinformación provista por activadores emocionales tribales, mientras la política pública exige un compromiso intelectual que se encuantra bajo acecho en este nuevo escenario de concentración mediatica en manos de empresarios millonarios.
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Cómo se ve el othering “therian” en la práctica, con definiciones que ya vienen con juicio, selección de casos extremos como si representaran a todos, comillas irónicas y tono de chiste reforzando la burla hacia la autopercepción. Paneles sin especialistas Cuando la burla se vuelve hegemónica, actúa además la espiral del silencio que explica Noelle-Neumann, el clasico fenomeno de la opinión pública donde mucha gente prefiere callar para no quedar aislada, y así parece que la humillación es consenso.
La instrumentalización de la identificación con animales no es novedosa o actual. Ya se configura como un clasico del ataque a políticas inclusivas y la desinformación de género. Por ejemplo entre 2021 y 2022 se viralizó la noticia falsa de que escuelas ponían litter boxes para estudiantes que se identifican como gatos. Esta información falsa fue amplificada por actores y medios de derecha y vinculada a una ofensiva cultural en educación y contra políticas para juventudes trans, desencadenando una serie de desmentidas. Este caso es un manual de pánico moral, un rumor degradante que genera indignación y risas, y refuerza la estigmatización por polarización identitaria.
El othering no es solo discriminación, es una tecnología política para ordenar la conversación pública. Construye un “otro” ridículo o amenazante, y con eso logra dos cosas a la vez, polariza y distrae. Cuando la agenda se llena de piezas para reírnos de una minoría, la democracia pierde tiempo de deliberación sobre lo que sí define condiciones materiales de vida, derechos laborales, política penal juvenil y protección ambiental. Y mientras el país discute identidades caricaturizadas, las leyes contra un pueblo distraido por el goce de su propia superiridad moral, son más faciles de lograr marginando la consciencia social que las cuestiona.