La autocracia avanza
apenas el 7% del mundo vive en una democracia liberal plena
por Manuela Calvo

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A 50 años del golpe de Estado de 1976, la democracia argentina tambien se ve impactada por la tercera ola de autocratización que atraviesa el mundo. En este contexto es importante entender que la autocraticación ya no se trata de la irrupción de tanques o la suspensión explícita del orden constitucional. El problema hoy es más complejo, más difuso y, por eso mismo, más difícil de identificar, hoy las democracias no necesariamente caen de golpe, sino que se deterioran desde adentro.
El informe 2026 del instituto V-Dem, uno de los sistemas de medición democrática más completos del mundo, plantea un diagnóstico contundente, la democracia global retrocedió a niveles de 1978, borrando gran parte de los avances logrados en las últimas décadas. Hoy hay más autocracias que democracias, 92 autocracias contra 87 democracias y, lo más significativo, es que el 74% de la población mundial vive bajo regímenes autocráticos, mientras apenas un 7% lo hace en democracias liberales plenas.
En ese contexto, Argentina no es una excepción. El informe la ubica a nuestro país como una democracia electoral, una categoría que describe sistemas donde hay elecciones competitivas y alternancia, pero donde se debilitan los controles institucionales, las libertades y la calidad democrática. Es decir, para V-Dem la democracia sigue existiendo en Argentina, todavia estamos entre esas 87 democracias del mundo, pero explica porque es una versión degradada a la democracia que supimos tener. V-Dem advierte que América Latina está volviendo a caer, en parte por retrocesos en países como Argentina, México y Perú.
Entre los ataques registrados aparecen agresiones físicas durante coberturas periodísticas, denuncias judiciales contra periodistas, campañas de hostigamiento digital y órdenes de censura que restringen la publicación de información. Según el documento, estas prácticas funcionan como una maquinaria coordinada que busca debilitar la credibilidad del periodismo crítico y desalentar la investigación sobre temas sensibles para el poder político o judicial.
Este deterioro no puede reducirse a un hecho puntual ni siquiera a un solo gobierno. Es el resultado de un proceso acumulativo de largo plazo. Desde la crisis de representación abierta en 2001, pasando por la creciente polarización política, hasta la degradación del debate público, Argentina fue perdiendo densidad democrática. A eso se suma el debilitamiento de instituciones de control, la presión o deslegitimación de voces críticas, el deterioro de la libertad de expresión en sentido amplio, incluida la académica y cultural señalada por el informe como indicador temprano de autocratización, así como una crisis socioeconómica persistente que erosiona la legitimidad del sistema.
Pero el punto central es entender como hoy se produce el retroceso democrático. A diferencia de 1976, no hay una ruptura abrupta, no es tan visible ese día en el que se termina la democracia. Lo que hay es un proceso gradual, primero se deteriora la libertad de expresión, se desacredita a quienes disienten, se debilitan los controles al poder, se limita la capacidad de la sociedad civil y, mientras tanto, las elecciones continúan, y así que la democracia no desaparece, sino que se vacía.
La autocratización contemporánea no necesita eliminar las instituciones, sino reducir su eficacia. No necesita prohibir el voto, sino condicionar el contexto en el que ese voto ocurre. No necesita censurar abiertamente, sino generar un clima donde hablar tenga costos. Por eso es más difícil de reconocer, porque muchas de sus formas son legales, graduales e incluso, en algunos casos, socialmente legitimadas.
La tercera ola de autocratización
El informe habla de “tercera ola de autocratización” para describir este fenomeno global. Y ese es el marco en el que hay que leer el caso argentino, no como una excepción, sino como parte de una etapa histórica global donde la disputa ya no es entre democracia y dictadura, sino entre democracias que se fortalecen y democracias que se degradan. Durante buena parte del siglo XX, la democracia era minoritaria. Eso empieza a cambiar en 1974 con la Revolución de los Claveles en Portugal, que inaugura una etapa de expansión democrática a nivel global. A partir de ahí, países de Europa del Sur, América Latina incluida Argentina en 1983, Europa del Este y partes de África y Asia transitan hacia sistemas democráticos. Ese ciclo, que se extiende hasta principios de los 2000, es lo que se conoce como la tercera ola de democratización: un período en el que la democracia se expande tanto en cantidad de países como en calidad institucional.
Lo que plantea el informe V-Dem es que ese ciclo no solo se frenó, sino que se está revirtiendo. A este proceso lo denomina “tercera ola de autocratización” una etapa histórica, iniciada aproximadamente en la década de 2010, en la que cada vez más países dejan de mejorar su calidad democrática y comienzan a deteriorarla. Pero lo distintivo de esta “ola” no es solo que haya retrocesos, sino cómo ocurren esos retrocesos.
A diferencia de períodos anteriores donde las democracias caían por golpes militares o rupturas abruptas, la autocratización actual se caracteriza por ser gradual, no hay un quiebre claro, sino un proceso acumulativo. La autocratización es legal en apariencia, los cambios se hacen muchas veces dentro del marco institucional. Durante el proceso de autocratización las elecciones siguen existiendo y el deterioro viene desde el propio gobierno surgido de la democracia.
El informe es muy claro en este punto, la autocratización puede comenzar dentro de una democracia como un proceso de “backsliding” (retroceso), donde se erosionan progresivamente sus componentes clave sin que necesariamente haya una ruptura inmediata del régimen. Además, V-Dem identifica que esta tercera ola es la más extendida simultáneamente, nunca antes hubo tantos países deteriorándose al mismo tiempo. Actualmente, cerca del 41% de la población mundial vive en países que están en proceso de autocratización, es decir, donde la calidad democrática está cayendo activamente. Otro rasgo distintivo es que afecta también a democracias consideradas estables o consolidadas. Ya no se trata solo de países con instituciones débiles: el retroceso alcanza a potencias globales y democracias históricas, lo que amplifica su impacto en el sistema internacional.
El rol de Estados Unidos en esta ola de autocratización
Estados Unidos es señalado por el informe como uno de los principales motores del retroceso democrático global. En términos históricos, EE.UU. no fue una democracia perfecta, pero sí funcionó durante décadas como referente estructural de la democracia liberal, organizaba estándares internacionales, condicionaba relaciones diplomáticas y servía como punto de comparación para evaluar la calidad democrática de otros países. Lo que marca el informe V-Dem es que ese rol se está erosionando.
Esto trae una consecuencia material inmediata, porque cuando la calidad democrática de EEUU cae, impacta directamente en los indicadores globales. De hecho, el informe señala que buena parte de la caída del nivel democrático en Occidente se explica por el retroceso estadounidense, llevando a la región a su punto más bajo en más de 50 años.
También una consecuencia normativa, porque durante décadas, EE.UU. fue un actor que promovía estándares democráticos hacia afuera. Cuando ese mismo país empieza a deteriorar sus propias instituciones, se debilita su capacidad de exigir esos estándares a otros. Despúes esto produce un de efecto contagio o legitimación. El informe muestra que la autocratización actual no ocurre en los márgenes, sino también en democracias consolidadas. El caso estadounidense funciona como señal, si un país con instituciones históricamente fuertes puede debilitar controles, tensionar derechos o erosionar normas sin dejar de ser formalmente democrático, entonces otros gobiernos pueden hacer lo mismo con menor costo político. No necesariamente porque “copien” a EE.UU., sino porque se amplía lo que parece posible y tolerable.
Estados Unidos muestra con claridad cómo funciona la autocratización contemporánea. No hay interrupción de elecciones. No hay cierre del sistema político. Lo que hay es concentración de poder, debilitamiento de controles, deterioro de derechos y presión sobre el debate público. Es decir, el mismo patrón que el informe identifica a nivel global. Por eso su rol es tan importante para entender el contexto argentino. No porque Argentina siga el mismo camino de manera idéntica, sino porque demuestra que el proceso de deterioro democrático no depende del nivel de desarrollo, ni de la tradición institucional, ni de la historia política previa. Es un fenómeno transversal.
¿Como proteger la democracia Argentina?
A 50 años del golpe, estamos en pleno retroceso, uno que no se parece tanto a aquel proceso que sabemos identificar. Hoy la democracia no se interrumpe como en 1976, pero si se esta degradando mientras vemos que sigue funcionando formalmente, pero cada vez hay menos libertad real, menos igualdad y menos capacidad de controlar el poder.
Evitar una deriva autocrática no implica defender elecciones, sino defender las condiciones que hacen que esas elecciones sean significativas. Implica sostener la libertad de expresión en todos sus niveles, fortalecer los controles institucionales, proteger la independencia judicial, garantizar la pluralidad del debate público y reconocer el rol de la sociedad civil como parte constitutiva de la democracia.
También implica algo más incómodo, reconstruir legitimidad. Porque ninguna democracia se sostiene solo con reglas formales si amplios sectores sienten que no mejora sus condiciones de vida. La desigualdad, la pobreza y la frustración social no son solo problemas económicos, son terreno fértil para discursos que proponen soluciones autoritarias.
La enseñanza de estos 50 años no es solo que la democracia puede perderse. Es que también puede vaciarse sin que nos demos cuenta. Y que defenderla hoy exige algo distinto a lo que exigía en 1976, no solo recuperarla cuando desaparece, sino reconocer a tiempo cuándo empieza a deteriorarse y actuar antes de que ese proceso se vuelva irreversible.
