La indignación performática como forma de violencia política
por Manuela Calvo


No toda indignación pública responde a la gravedad de los hechos. En las redes sociales, muchas veces la indignación se activa con más fuerza cuando un tema permite tomar posición dentro de una disputa tribal que cuando exige mirar una vulneración estructural de derechos. Eso permite explicar una contradicción brutal: en La Rioja generó más ruido público el asueto decretado por el triunfo de la Selección Argentina que la llegada de Martha Pelloni para reclamar explicaciones por la situación de una niña atravesada por decisiones judiciales, denuncias de violencia institucional y revinculaciones forzosas.
La pregunta incómoda no es si el asueto podía discutirse. Claro que podía. La pregunta es por qué ese debate concentró tanta energía social, mediática y digital, mientras la posibilidad de que niñas sean obligadas por el Estado a convivir o vincularse con personas denunciadas por abusarlas no produce una indignación proporcional. Ahí aparece un fenómeno que la literatura sobre redes sociales viene estudiando: la indignación moral no circula sólo porque una causa sea justa, sino porque expresa identidad, pertenencia y antagonismo. En redes, indignarse también puede funcionar como una manera de decir “yo estoy de este lado”. Por eso algunos temas se vuelven virales no por su gravedad, sino por su utilidad para marcar bandos.
El problema se agrava cuando esa indignación selectiva habilita violencia. En torno al asueto, la diputada Lourdes Ortiz fue atacada no sólo por lo que dijo, sino por lo que representa políticamente. La respuesta no se limitó a cuestionar sus argumentos: derivó en violencia política de género, insinuaciones sexuales, intentos de degradación pública y circulación de discursos que buscan instalar que una mujer no llegó a un lugar de poder por capacidad, trayectoria o militancia, sino por favores sexuales. Ese tipo de ataque es socialmente nefasto porque no discute ideas: disciplina mujeres. Les recuerda que participar en la vida pública puede tener como costo la humillación sexualizada, la exposición de la intimidad y la degradación moral. No busca refutar una posición política; busca expulsar simbólicamente a las mujeres del debate público.
Algo similar ocurrió con Florencia Peña. La difusión errónea de una información sobre el padre de Lionel Messi merecía una rectificación y una crítica profesional. Pero la reacción pública fue mucho más allá de la crítica al error. La indignación se volvió castigo ejemplificador contra una mujer identificada con una posición política. El hecho fue amplificado incluso desde la máxima autoridad del país, en un contexto donde errores informativos similares, o incluso operaciones deliberadas de desinformación, no reciben el mismo tratamiento cuando provienen de actores alineados con otros sectores. Ese doble estándar revela que el problema no es solamente la preocupación por la verdad. Si lo fuera, la vara sería pareja. Lo que aparece es una indignación selectiva: severísima cuando la equivocación proviene de una figura asociada al adversario político; indulgente o silenciosa cuando la falsedad proviene del propio campo.
La misoginia opera ahí como combustible. La indignación moral ofrece la excusa; el castigo sexista ofrece la forma. En vez de decir “esa información fue falsa”, se habilita el insulto sexual, la descalificación personal, el hostigamiento y la idea de que ciertas mujeres merecen ser humilladas públicamente porque representan una identidad política odiada.
Ese mecanismo también explica por qué causas graves, complejas y estructurales, como las revinculaciones forzosas, la falta de escucha a niñas, la violencia institucional o la ausencia de perspectiva de infancia en el sistema judicial, generan menos reacción. No ofrecen una recompensa inmediata en términos de viralidad. No son fáciles de convertir en meme. No permiten una toma de partido rápida. Exigen información, tiempo, empatía y responsabilidad. La consecuencia es profundamente injusta: las redes y los medios pueden convertir un asueto o un error televisivo en escándalos nacionales, pero no logran sostener la misma atención sobre niñas y mujeres vulneradas por sistemas institucionales que deberían protegerlas.
La indignación performática no es simplemente enojo falso. Es una forma de indignación moldeada por el espectáculo, la recompensa algorítmica y la pertenencia tribal. Puede partir de un hecho real, pero se desproporciona cuando sirve para castigar adversarios y se apaga cuando las víctimas no son útiles para la disputa política. Por eso el punto no es pedir menos indignación. Es exigir una indignación más ética. Una indignación capaz de distinguir entre criticar una medida, corregir una información falsa o debatir una posición política, y usar esos hechos como excusa para violentar mujeres o para ignorar vulneraciones mucho más graves.
Una sociedad que se escandaliza más por un asueto que por niñas forzadas a revincularse con denunciados de abuso no tiene un problema de sensibilidad, tiene un problema de jerarquía moral. Y una conversación pública que castiga con misoginia a mujeres como Lourdes Ortiz o Florencia Peña no está defendiendo la verdad ni la República, está reproduciendo la violencia que siempre es condenable.