¿Quién decide lo que una piba desea?

Consentimiento, adolescencia y la falta de Educación Sexual Integral como brecha

 

por Manuela Calvo

Hay causas judiciales que se limitan a un expediente, pero otras que se convierten en un espejo de la sociedad.

Es un error suponer que la última palabra de estas causas concluye en alguna resolución cuando existen preguntas sociales que demandan respuestas. El reciente desenlace judicial del caso conocido por lo que implica que los hechos denunciados se hayan desplegado en el marco de la fiesta de un UPD sucedido en marzo de 2025, es un ejemplo de ello. No porque sea pertinente poner en valor si el sufrimiento de alguna de las partes debe ser más considerado que el de la otra. Tampoco por las razones que la fiscalía y la querella invoquen para apelar el sobreseimiento que pretende absolver al joven denunciado. Sino por las cuestiones sociales que exceden al caso en particular pero que se pueden encontrar evidenciadas en los fundamentos que se esgrimen para concluir que la violencia sexual no existe en este caso. 

No quiero ingresar en las apreciaciones técnicas sobre la posible valoración arbitraria y selectiva de la prueba, ni en las inferencias estereotipadas que aparecen en los argumentos de la magistrada. No voy a ahondar en la falta de análisis integral y motivación insuficiente para sostener la certeza negativa que aduce. Pero sí me parece urgente indagar en la pregunta que se desprende sobre qué entendemos por consentimiento. 

No quiero ingresar en las apreciaciones técnicas sobre la posible valoración arbitraria y selectiva de la prueba, ni en las inferencias estereotipadas que aparecen en los argumentos de la magistrada. No voy a ahondar en la falta de análisis integral y motivación insuficiente para sostener la certeza negativa que aduce. Pero sí me parece urgente indagar en la pregunta que se desprende sobre qué entendemos por consentimiento. 

Al entrevistar a la denunciante en marzo de este año me parecía previsible que existiera este conflicto por los testimonios que la defensa había presentado para reforzar la versión de los hechos tal como la relataba el imputado. Una de las madres que cuidaba la fiesta y había visto a ambas partes salir del lugar y el espacio donde todos coinciden que existió aquella interacción en torno a la cual se investigaba, dijo que “le dio asco porque ella salía con un vaso y su celular en la mano”, y otro padre expresó que a él le parecía que ella había estado chapando o que “hubiesen pasado otras cosas sin que ella haya sido sometida, como que ella estaba por su voluntad propia”. La jueza Valdez para reconstruir el consentimiento apela a estas circunstancias observadas por terceros. Más allá de la valoración jurídica que será revisada en la apelación, esto abre una pregunta de enorme relevancia social ¿hasta qué punto la voluntad de una persona puede reconstruirse a partir de cómo otros interpretan su comportamiento externo? ¿Quién puede decir cuándo una persona quiso y cuándo dejó de querer? ¿Por qué todavía nos cuesta tanto escuchar el dolor de quien dice que la violencia de una experiencia sexual no era deseada? ¿Qué estamos enseñando a nuestros adolescentes sobre el deseo, el respeto y la autonomía del otro?

Estas preguntas trascienden completamente cualquier expediente y hablan de nuestra cultura.

Ya de por sí, celebraciones como el Último Primer Día suelen despertar controversias por tratarse de un rito de paso que, con frecuencia, está rodeado de consumos, excesos y experiencias propias del final de la adolescencia. Sin embargo, cuando una de esas experiencias deriva en poner en cuestión la violencia sexual, el conflicto trasciende rápidamente el ámbito judicial y comienza a desplegarse en múltiples escenarios sociales. No solo se debate qué ocurrió aquella noche, sino también cómo reacciona una comunidad frente a una denuncia de esta naturaleza. La respuesta de las familias al conocer los hechos, las distintas versiones que circulan entre compañeros, los intercambios en grupos de WhatsApp, la posición de la institución educativa, las publicaciones en redes sociales, el escrache a la denunciante mientras realizaba la denuncia, las situaciones de bullying, la exclusión y condena social, así como las diferentes formas de acompañamiento o de rechazo según las creencias y prejuicios de cada persona, terminan conformando un fenómeno mucho más amplio que lo que compete a un expediente judicial. Lo que se pone en discusión ya no es solamente un hecho, sino la manera en que una comunidad interpreta el consentimiento, el dolor y la credibilidad de quien dice haber sido agredida. 

La ESI y la tensión sobre el deseo

Hoy nuestro país vive una transición cultural muy particular. Conviven personas que crecieron sin Educación Sexual Integral con generaciones que comenzaron a construir otra manera de entender la sexualidad. Existe un cambio de paradigma que entra en tensión cuando estos asuntos se dirimen, porque durante mucho tiempo asumimos que la sexualidad era, sobre todo, la historia del deseo masculino. El deseo de las mujeres aparecía como una entidad misteriosa y subordinada al deseo ajeno. 

La Educación Sexual Integral vino a proponer otra forma de vinculación donde el deseo de ambas partes debería ser considerado por igual, porque introdujo una idea revolucionaria: el deseo de las mujeres existe.

La ESI no solo saca del misterio aquella entidad presumida, sino que enseña que existe con la misma legitimidad que la de los varones. Que no necesita ser interpretado, ni adivinado, sino que debe ser respetado.

El consentimiento

Uno de los mayores aportes de la ESI fue enseñarnos algo que parece obvio, pero que históricamente no lo fue. El consentimiento no ocurre una sola vez, no es una autorización que habilita todo lo que sucede después, no es una firma al comienzo de un encuentro, sino una conversación permanente entre dos personas.

Aceptar un beso no implica aceptar una relación sexual, aceptar entrar a un lugar no implica aceptar todas las prácticas posteriores, aceptar una parte no implica aceptar la siguiente y, sobre todo, querer algo durante cinco minutos no obliga a seguir queriéndolo diez minutos después. Cambiar de idea no convierte a nadie en incoherente, lo convierte en una persona autónoma.

La adolescencia y el descubrimiento del propio deseo

El respeto del deseo ajeno suele quedar desplazado cuando hablamos de sexualidad adolescente porque la preocupación sobre prevención suele adueñarse de la escena. Muy pocas veces pensamos en esta construcción social, pero justamente la adolescencia es el momento donde las personas empiezan a descubrir qué desean, qué no desean, qué les genera curiosidad, qué les incomoda, qué quieren experimentar, qué límites necesitan poner, porque todo eso también forma parte del crecimiento.

Nadie nace sabiendo comunicar perfectamente su deseo, mucho menos sabiendo reconocer la incomodidad del otro. Nadie nace sabiendo detenerse, porque eso también se aprende, por eso la Educación Sexual Integral existe, porque aprender sobre consentimiento no tiene el propósito exclusivo de evitar delitos, sino enseñar a construir vínculos donde ambas personas aprendan que el deseo del otro vale exactamente lo mismo que el propio.

No se puede asumir el consentimiento por una expresión, una sonrisa, una forma de caminar, por sostener un vaso térmico en la mano, por no gritar durante un forcejeo, por resguardar la propia desnudez antes de salir de una situación incómoda, por quedar en estado de shock, por no quebrarse inmediatamente o por no saber cómo reaccionar frente a lo inesperado. Nadie puede saber qué habita una víctima durante una agresión sexual, porque cada persona atraviesa el miedo, la vulnerabilidad y el trauma de una manera distinta. No existe una guía que determine cómo debe reaccionar alguien para encajar en el imaginario social de una "verdadera víctima". El consentimiento no puede verse. Justamente por eso ningún observador externo puede reemplazar aquello que solo conoce quien está viviendo esa experiencia. Esa es también una de las razones por las que, en los delitos contra la integridad sexual, el testimonio de quien denuncia constituye una pieza probatoria de especial relevancia. No porque deba aceptarse automáticamente como verdadero, sino porque es la principal fuente para reconstruir un hecho ocurrido en la intimidad. Ese relato debe ser contrastado rigurosamente con el resto de la prueba pericial, evidencia física, testimonios, registros e indicios para determinar si, valorados de manera integral, existen elementos suficientes para sostener una sospecha razonable que justifique la apertura de un debate oral, donde toda esa evidencia pueda ser producida y examinada con plenitud de garantías. 

Lo que vemos también está atravesado por prejuicios

Probablemente la mayoría de las personas que observan una situación no mienten, simplemente interpretan y toda interpretación nace de una cultura. Durante décadas aprendimos que una víctima "verdadera" debía gritar, llorar, escapar y pedir ayuda inmediatamente. Si no hacía nada de eso, entonces seguramente había consentido.

La psicología del trauma lleva años mostrando que la realidad humana es muchísimo más compleja. Hay personas que se paralizan, otras que intentan actuar con normalidad. Hay quienes recién comprenden lo ocurrido horas después, hay quienes sienten culpa, quienes sienten vergüenza y quienes permanecen en silencio. Ninguna de esas respuestas permite, por sí sola, conocer la existencia o inexistencia del consentimiento. Sin embargo, esos estereotipos siguen formando parte de nuestra manera de mirar. No solamente de los tribunales, también en las familias, en las escuelas, en los grupos de amigos, en los medios de comunicación y en las redes sociales.

Y un problema persistente es que la plabra de las mujeres sigue compitiendo con las interpretaciones de los demás. Cuando una mujer dice "Yo ya no quería", esa frase no suele cerrar la conversación, sino que suele abrir otras donde la ponen a ella en el centro de todas las sospechas. Entonces, si no quería ¿Por qué entró? ¿Por qué no salió antes? ¿Por qué no gritó? ¿Por qué no volvió a hablar? ¿Por qué parecía tranquila? ¿Por qué caminó así? ¿Por qué tenía un vaso? ¿Por qué hizo esto? ¿Por qué hizo aquello?

Poco a poco ocurre un desplazamiento muy profundo, la voluntad expresada por quien vivió la experiencia deja de ser lo relevante porque las interpretaciones externas se imponen con mayor fuerza que aquella voluntad ajena sobre su cuerpo. 

Las impresiones, las reconstrucciones y los prejuicios devuelven al deseo femenino a su antiguo formato de entidad misteriosa subordinada al deseo ajeno y eso no sucede porque las personas son maliciosas y actúan de mala fe, sino porque fuimos educados durante generaciones para interpretar el deseo femenino en lugar de escucharlo.

La empatía es una forma de educación

Hay otra dimensión de esta conversación que pocas veces ocupa un lugar central. ¿Qué hacemos cuando otra persona nos dice que algo la lastimó? ¿Escuchamos? ¿O empezamos inmediatamente a explicarle por qué, en realidad, no debería sentirse así? Tal vez éste sea uno de los mayores desafíos culturales de nuestro tiempo. Porque la empatía no consiste en decidir quién tiene razón. Consiste en reconocer que el dolor del otro merece ser escuchado antes de ser interpretado. Y esa diferencia cambia por completo la manera en que una comunidad acompaña a quien atraviesa una experiencia traumática. Construir empatía frente a alguien que expresa sufrimiento no implica anticipar una condena, ni reemplazar el trabajo que le corresponde a la Justicia al valorar las pruebas y determinar los hechos. Ambas dimensiones pueden y deben convivir. Los tribunales tienen la responsabilidad de establecer, con todas las garantías del debido proceso, qué pudo probarse y qué no. La sociedad, en cambio, tiene otra responsabilidad que es la de no abandonar a quien expresa que una experiencia la dañó profundamente. Escuchar, acompañar y tratar de comprender cómo se siente habitar el cuerpo y la experiencia del otro no perjudica a nadie. Por el contrario, nos vuelve una comunidad más humana, más capaz de comprender la complejidad de la violencia y más preparada para construir vínculos basados en el respeto y el cuidado mutuo.

La violencia sexual rara vez pasa por tribunales

La violencia sexual no empieza ni termina en los tribunales. De hecho, la enorme mayoría de los hechos nunca llegan a ellos. Distintos estudios y organismos internacionales coinciden en que los delitos contra la integridad sexual presentan algunos de los niveles más altos de subregistro de todo el sistema penal. La mayoría de las personas que la atraviesan nunca denuncian. Algunas tardan años en poder nombrar lo que vivieron. Otras jamás encuentran las palabras para hacerlo. No porque el dolor no exista, sino porque la violencia sexual suele irrumpir en uno de los espacios más íntimos de la experiencia humana: el cuerpo, el deseo, la confianza y la autonomía. Poner en palabras esa vivencia implica, muchas veces, reconstruir recuerdos fragmentados, enfrentar sentimientos de culpa o vergüenza, desafiar prejuicios sociales y exponerse al riesgo de no ser creídas. Por eso es un error abordar estas problemáticas sólo en relación a lo que se contempla en algún tribunal, lo más relevante socialmente no puede reducirse a lo que se puede probar en un expediente judicial, porque la sociedad necesita comprender la complejidad de estas historias y que existe una enorme cantidad de ellas que nunca llegan a convertirse en un expediente, y que detrás de ese silencio no suele haber indiferencia, sino el peso de una experiencia profundamente difícil de narrar.

Es por eso que cuando una víctima logra poner lo vivido en palabras y en su búsqueda de reconstruir la dignidad atacada decide compartirlo socialmente, no es nuestro lugar juzgarla, sino escucharla. Mucho antes de que intervenga un juez ya existe una comunidad, una escuela, familias, amigos, redes sociales y todas esas personas también construyen sentido, educan, enseñan qué vale y qué no vale. Qué merece credibilidad, burla, acompañamiento o castigo social.

Cuando una adolescente expresa que una experiencia íntima fue vivida sin consentimiento, toda esa comunidad también decide cómo responder. Puede escuchar, acompañar, preguntar, abrazar, o puede comenzar inmediatamente a explicar por qué seguramente ella interpretó mal lo que sintió. Porque eso nos define como sociedad y el tipo de respuesta colectiva también educa.

Durante mucho tiempo ante este tipo de situaciones nos preguntamos ¿Cómo se comportó la mujer? Pero la Educación Sexual Integral nos propone preguntar ¿Fue respetada su voluntad? Y este cambio no es pequeño, porque transforma toda nuestra manera de comprender la sexualidad. Porque desplaza el foco desde el comportamiento esperado de quien denuncia hacia el respeto que merece la autonomía de quien participa de cualquier encuentro íntimo. La ESI no enseña únicamente a prevenir embarazos, y mucho menos es un curso de entrenamiento para controvertir la heteronorma sino que enseña a escuchar, a preguntar, a detenerse y a aceptar que nadie está obligado a continuar una interacción sexual simplemente porque se asume. 

La conversación pendiente

La apelación en este caso sólo determinará si la resolución judicial se ajustó o no al derecho, se limitará a definir si en este caso particular ese debate continuará en los tribunales o si ya se cerró en ese ámbito.  Pero existe otra conversación que no cabe en ninguna sentencia. ¿Cómo aprendimos a reconocer el deseo de las mujeres? ¿Seguimos creyendo que puede deducirse desde afuera? ¿O estamos dispuestos a asumir el cambio cultural que propone la Educación Sexual Integral? 

Esa pregunta también nos obliga a mirar los consumos culturales con los que distintas generaciones aprendieron a entender la sexualidad. Durante décadas, el cine, la publicidad, la literatura romántica, la industria del contenido erótico y la pornografía, construyeron narrativas donde el deseo femenino aparece frecuentemente subordinado al masculino, donde la insistencia era presentada como seducción y donde el consentimiento rara vez era una conversación explícita. La pornografía comercial, cuyo objetivo principal es producir excitación y no educar sobre relaciones sexuales, suele representar escenas donde los límites, la negociación y la comunicación del consentimiento están ausentes o quedan invisibilizados. Cuando esos contenidos se convierten, especialmente para muchos adolescentes, en una de las principales fuentes de aprendizaje sobre la sexualidad, resulta indispensable contar con herramientas que permitan distinguir entre una ficción destinada al entretenimiento y los principios que deberían regir un vínculo sexual basado en el respeto mutuo. En ese sentido, la Educación Sexual Integral no compite con esos consumos culturales, sino que ofrece un marco crítico para comprenderlos y para recordar una idea de que ninguna representación puede reemplazar la construcción de vínculos recíprocamente respetuosos. 

Porque la pregunta que más debería interpelarnos al escuchar casos como estos no es qué ocurrió aquella noche, sino ¿Qué hacemos cuando alguien nos dice que dejó de querer aquello que en algún punto ambos quisimos?

Porque no es a nosotros los que nos toca juzgar estos conflictos, pero si nos toca mejorar la manera en que enseñamos a las nuevas generaciones a construir relaciones donde el deseo de cada persona tenga el mismo valor, la misma dignidad y el mismo derecho a ser escuchado. Y tal vez esa siga siendo una de las conversaciones más urgentes que tenemos pendientes, y no las relacionadas a determinar las penas.