Sobrevivir al femicidio
El caso de Marisol Castro como testigo
por Manuela Calvo


Cristian Mario Ochoa fue condenado en Chamical a 15 años de prisión por intentar matar a Marisol Castro. La Justicia reconoció el ataque como homicidio triplemente agravado en grado de tentativa y aplicó el máximo de la escala penal correspondiente. Pero detrás de esta sentencia aparece una problemática mucho más difícil de dimensionar, la de las mujeres que sobreviven a la violencia femicida. Argentina puede contar a las víctimas fatales, pero todavía no cuenta de manera sistemática a quienes estuvieron a punto de serlo. No sabemos qué porcentaje de las tentativas llega a juicio, cuántas obtienen condena, qué penas reciben sus agresores ni cuántas terminan reducidas a otras figuras penales. Escuchar a las sobrevivientes puede ser una de las claves para comprender cómo se construye un femicidio antes de que sea demasiado tarde.
El 7 de enero de 2023, Marisol Castro había decidido terminar una relación y regresó acompañada a la vivienda que había compartido con Cristian Mario Ochoa, en Chamical, para retirar sus pertenencias. Allí fue atacada con un arma blanca, recibió 10 puñaladas pero sobrevivió. Más de tres años después, el 20 de agosto de 2026, la Cámara Única en lo Criminal y Correccional de la Tercera Circunscripción Judicial condenó por unanimidad a Ochoa a 15 años de prisión efectiva por homicidio triplemente calificado por el vínculo, con alevosía y femicidio en contexto de violencia de género, en grado de tentativa.
El Tribunal tuvo por acreditado que Ochoa comenzó el ataque cuando Marisol se encontraba de espaldas y que las lesiones eran potencialmente mortales. La sentencia encuadró la conducta en los artículos 80, incisos 1, 2 y 11, y 42 y 44 del Código Penal.
La defensa había pretendido que el hecho fuera considerado lesiones graves y solicitó una pena de cinco años. También sostuvo que había existido un desistimiento voluntario. El Tribunal rechazó esos argumentos, la muerte no se produjo porque Marisol consiguió sobrevivir al ataque y recibió asistencia. La Justicia entendió que Ochoa intentó matarla.
Cada 30 horas en nuestro país un hombre se convierte en femicida, pero es más frecuente aún que un hombre se convierta en un frustrado femicida porque su víctima sobreviva.
Sobrevivir no reduce la gravedad del hecho
Los 15 años constituyen el máximo de la escala penal correspondiente a la tentativa del delito por el que Ochoa fue condenado. La respuesta a la violencia de género no es exclusivamente punitiva, pero sí es importante que la supervivencia de Marisol no termine convirtiéndose en una minimización de la violencia que sufrió. Cuando una persona dispara, apuñala, estrangula o intenta quemar a una mujer con intención de matarla, que la muerte finalmente no ocurra puede depender de factores completamente ajenos al agresor, como sucedió en este caso. Que ella consiga escapar, que alguien intervenga, que llegue rápidamente a un hospital, que una cirugía funcione o que un arma falle, no significa que el femicida sea menos femicida por su cualidad de frustración. La supervivencia modifica el resultado, pero no la intención.
¿Para ser víctima hay que morir?
La muerte vuelve indiscutible la existencia de una víctima, pero la sobreviviente, en cambio, es siempre puesta bajo sospecha ¿Porque incomoda más una víctima que sobrevivió que una muerta? Las sobrevivientes son sometidas a un nivel de escrutinio que incluyen experiencias de descreimiento, culpabilización, falta de apoyo institucional y dificultades para ser reconocidas plenamente como víctimas.
Argentina aprendió, después de décadas de lucha del movimiento de mujeres y feminista, a contar los femicidios. El Registro Nacional de Femicidios de la Justicia Argentina permite conocer anualmente las víctimas fatales, pero sabemos muchísimo menos sobre las mujeres que llegaron hasta el extremo de la violencia femicida y sobrevivieron. Los principales datos disponibles provienen de observatorios que realizan un enorme trabajo de seguimiento de medios gráficos y digitales. El Observatorio de las Violencias de Género Ahora Que Sí Nos Ven registró 1.562 intentos de femicidio directos entre el 1 de enero de 2021 y el 24 de mayo de 2026, o sea, sabemos que mínimo hay un femicidio frustrado cada 25 horas.
Pero además, desde que comenzó a relevar específicamente las tentativas vinculadas en enero de 2022, contabilizó otras 178 tentativas de femicidio vinculado. Los años 2023 y 2025 fueron los de mayor cantidad registrada con 357 tentativas directas en cada uno. Y estamos hablando solo del universo de hechos que consiguieron hacerse visibles.
Un intento de femicidio ocurrido en una localidad pequeña que nunca llega a un medio nacional o provincial puede desaparecer del mapa. Una agresión registrada inicialmente como lesiones puede no ser identificada como violencia potencialmente femicida y una mujer que sobrevive puede convertirse en una noticia policial de pocos párrafos y luego desaparecer de la agenda. Apenas conocemos una parte del problema y no sabemos exactamente qué tan grande es la parte que permanece invisible.
En 2022 se informó que La Rioja había registrado 776 situaciones de violencia de género y 25 casos considerados violencia extrema o intentos de femicidio. Más de dos por mes. Pero no existe una serie pública homogénea que permita continuar ese dato año por año y establecer cuántas tentativas hubo posteriormente, cómo fueron calificadas y qué ocurrió con cada expediente ¿Cuántas mujeres sobrevivieron a intentos de femicidio en La Rioja en la última década? ¿Cuántos agresores llegaron a juicio y cuántos fueron condenados? No podemos responder esas preguntas con una base estadística pública consolidada, pero deberíamos poder.
La falta de estadísticas sobre intentos de femicidio no sólo nos impide conocer la magnitud de la violencia. También nos impide evaluar al sistema de Justicia. Argentina no cuenta con una base pública nacional que permita seguir sistemáticamente el recorrido de estas causas desde el primer ingreso al sistema hasta su resolución. No sabemos cuántas comienzan investigando lesiones, cuántas son recalificadas como tentativa de homicidio y cuántas incorporan finalmente la agravante de violencia de género. Menos cuántas llegan a juicio y cuántos terminan con condena, archivo o sobreseimiento. No conocemos cuál es el tiempo promedio que espera una sobreviviente hasta obtener una sentencia ni cuál es la pena promedio aplicada en estos casos.
Hoy no tenemos respuestas nacionales sistemáticas, pero un registro de tentativas debería servir para auditar la respuesta del Estado ante la violencia de género más extrema, donde las sobrevivientes pueden hablar y explicar el contexto que lleva a un femicidio.
En un femicidio consumado, investigadores, familiares, periodistas y especialistas deben intentar reconstruir todo ese recorrido mediante expedientes, mensajes, denuncias anteriores, testimonios de terceras personas y pericias. En una tentativa tenemos, además, la posibilidad de escuchar a quien atravesó ese proceso. Eso convierte a las sobrevivientes en una fuente imprescindible para comprender la violencia femicida.
Uno de los principales estudios sobre factores de riesgo de femicidio en relaciones violentas, encabezado por Jacquelyn Campbell y realizado en once ciudades de Estados Unidos, comparó 220 femicidios cometidos por parejas con 343 mujeres que habían atravesado relaciones violentas. Encontró factores asociados con mayor riesgo de muerte, entre ellos el acceso del agresor a armas, amenazas previas con armas y la separación, especialmente cuando se trataba de una pareja controladora.
El femicidio puede presentar señales previas identificables y el Estado debería atenderlas si pretende prevenir este tipo de crímenes.
Otro estudio examinó conjuntamente homicidios consumados y tentativas y encontró un dato sobre el estrangulamiento no fatal. El antecedente de estrangulamiento apareció en el 45% de las víctimas de tentativas de homicidio y estuvo asociado con probabilidades significativamente mayores de sufrir posteriormente una tentativa o un homicidio consumado. Sabemos que una estrangulación previa constituye una señal de alarma precisamente porque hubo mujeres que sobrevivieron y pudieron aportar información sobre aquello que habían atravesado. Escuchar sobrevivientes produce herramientas de prevención.
Una tentativa de femicidio constituye información crítica para evaluar el peligro que enfrenta una sobreviviente. Y eso vuelve particularmente relevante conocer qué sucede después, si el acusado recupera la libertad, si existen restricciones de acercamiento, si se controlan, si la víctima recibe protección efectiva, si debe continuar viviendo o trabajando cerca de su agresor, si existen mecanismos de seguimiento después de la condena. La política de prevención no puede terminar porque la mujer sobrevivió.
El caso testigo de Marisol
Por eso, Marisol importa mucho más allá del expediente de Cristian Ochoa. Su caso permite observar aquello que nuestras estadísticas todavía no consiguen mostrar. Una mujer sobrevivió a un ataque potencialmente mortal, había personas presentes, la causa atravesó más de tres años hasta llegar a sentencia y aun en el juicio estuvo en discusión si aquello que había ocurrido debía ser considerado lesiones graves o un intento de homicidio.
Pero ¿qué sabemos de Marisol? ¿Qué significó sobrevivir? ¿Qué ocurrió durante esos tres años? ¿Qué consecuencias físicas quedaron? ¿Cómo modificó el ataque su vida? ¿Qué significó atravesar el proceso judicial? ¿Qué respuestas recibió de su comunidad? ¿Qué significa vivir en una ciudad pequeña después de sobrevivir a semejante violencia? Las respuestas a estas preguntas dicen mucho sobre la manera en que miramos estas violencias.
Existe una crueldad particular en la forma en que socialmente observamos a las sobrevivientes. La muerte parece otorgar retrospectivamente una credibilidad que muchas mujeres reclamaron mientras todavía estaban vivas y ese mecanismo tiene consecuencias. Porque si solamente estudiamos los femicidios después del cadáver, estamos intentando comprender la violencia cuando ya fracasamos en prevenirla. Las sobrevivientes nos permiten observar antes.
No necesitamos esperar a la próxima víctima fatal para preguntarnos qué señales había. Podemos preguntárselo a quienes sobrevivieron y ahí también los medios tenemos una responsabilidad. Una tentativa de femicidio no debería valer menos periodísticamente porque no terminó con una mujer muerta. Una mujer que sobrevivió a una tentativa no es simplemente la protagonista circunstancial de una noticia policial. Es una persona atravesando las consecuencias de una de las formas más extremas de violencia de género y es una voz que puede ayudarnos a comprender el fenómeno.
La sentencia contra Cristian Ochoa es importante, porque después de más de tres años un tribunal reconoció que Marisol sobrevivió a un femicidio frustrado. Socialmente necesitamos contar las tentativas de femicidio, conocer su recorrido judicial y evaluar qué respuesta reciben. La sociedad necesita escuchar sobrevivientes, porque los testimonios en primera persona ayuda a construir una empatía social con la problemática.
Marisol sobrevivió, la sentencia finalmente reconoció la dimensión de aquello que atravesó. Ahora queda una tarea que nos corresponde como sociedad, como Estado y también como medios de comunicación, dejar de esperar a que una mujer muera para empezar a escucharla.