Terminó el Mundial y quedó un gran recuerdo en la memoria colectiva
Argentina perdió la final, pero pocas veces una derrota dejó una sensación colectiva de tanta satisfacción
por Manuela Calvo


Lloramos, nos abrazamos y agradecimos. Millones de argentinos sentimos que aquella selección ya había ganado algo mucho más importante que una copa, porque ya había logrado que el país volviera a sentirse un país, pero sobre todo uno digno que nos colmó a todos de orgullo.
¿Por qué nos reconocernos plenamente como ser nacional en un Mundial de fútbol?
Durante semanas desaparecieron, la bandera volvió a ser de todos. El himno volvió a emocionar. La camiseta volvió a representar algo que iba mucho más allá del deporte. No fue solamente fútbol. Es pertenencia. Es comunidad. Es la posibilidad de decir "nosotros" sin grietas.
La semifinal contra Inglaterra volvió a demostrar que algunos símbolos siguen teniendo una potencia extraordinaria. Las Malvinas volvieron a ser el eje de un reclamo tan vigente como en el 86. No porque estos partidos resuelvan el arrebato, sino porque el fútbol volvió a activar una memoria colectiva profundamente arraigada.
Durante algunos días, la soberanía dejó de ser una discusión académica para transformarse nuevamente en una emoción, y eso también ocurrió frente a las múltiples expresiones hostiles contra nuestro país que circularon en redes sociales durante el torneo. Declaraciones de figuras públicas extranjeras, publicaciones ofensivas y estereotipos sobre la Argentina encontraron una respuesta inmediata de miles de usuarios argentinos. No responden como hinchas, sino como argentinos.
Mientras el Mundial conseguía producir una de las expresiones más intensas de identidad nacional de los últimos años, el resto de la conversación pública seguía profundamente fragmentado. Pero basta que once jugadores representen al país para descubrir que esa identidad nacional nunca desapareció. Simplemente estaba esperando un lugar donde pudiera expresarse.
Durante buena parte del siglo XX existieron otros rituales que también construían pertenencia. La escuela pública, los actos patrios, los clubes de barrio, las universidades, los grandes proyectos nacionales, y hoy casi ninguno conserva la capacidad de reunir transversalmente a toda la sociedad. El fútbol quedó prácticamente solo, y eso dice menos sobre el fútbol que sobre nosotros.
Porque una nación necesita mucho más que un seleccionado para sentirse comunidad. Necesita instituciones confiables. Necesita proyectos compartidos. Necesita una conversación pública capaz de producir un "nosotros" más allá de una competencia deportiva.
Una identidad que resiste
La fuerte campaña antiargentina proveniente de distintos actores internacionales y de usuarios en redes sociales de muchos países giraron mayormente alrededor de acusaciones de racismo. Es cierto que la Argentina, como prácticamente todas las sociedades, enfrenta problemas de discriminación y racismo que deben ser reconocidos y combatidos. Pero también es cierto que reducir la identidad argentina a un país racista desconoce una historia mucho más compleja. La Argentina es una sociedad profundamente mestiza.
Es un país construido por pueblos originarios, colonizadores y unos brazos bien abiertos frente a los migrantes de cualquier origen. Fue pionera en América Latina en distintas políticas de ampliación de derechos y reconocimiento de diversidades. Por lo que esta campaña coordinada de astroturfing pudo fomentar odio contra nuestro país, pero al mismo tiempo activo un refuerzo en el sentir nacional que interpelaba.
Así que si bien la selección no ganó la cuarta estrella que se sintió tan cerca, dejó algo que quizá resulte todavía más valioso. Demostró que el sentimiento nacional sigue habitando en todos nosotros, que millones de argentinos seguimos emocionandonos con nuestra bandera, que todavía todos creemos en algo compartido y que las Malvinas siempre fueron y serán Argentinas.
Aquel gesto de desobediencia civil ante la arbitraria limitación de nuestras expresiones que se quiso imponer ante el partido contra Inglaterra fue una puesta en escena que caló profundo en nuestros corazones.
Argentina no perdió una final, sino que descubrió que todavía sabe abrazarse. Ahora nos queda el desafío de aferrarnos a ese sentir y no tener que esperar otros cuatro años para volver a sentirnos así.